Siendo
niños los temas de historia aprendidos en la escuela los recreábamos luego en
nuestros juegos, utilizando los nombres de los personajes en nuestras propias
hazañas. Y hasta las toponimias de los lugares en donde habían ocurrido los
hechos históricos nos servían para territorialmente señalar nuestros teatros de
operaciones; sea en el recreo escolar, o ya sea al juntarnos a jugar fuera de
la escuela, y en las disputas que teníamos propias de los juegos infantiles. Así
la enseñanza de la historia llenaba nuestra fantasía que ahora, con el dominio del
entretenimiento en base a la tecnología de la industria cultural de los países
hegemónicos, se ha pasado a reemplazarlos por monstruos y fantasmas como zombis,
tronos e impostores.
En
mi escuela teníamos colgados en los muros láminas coloreadas de los principales
eventos ocurridos en la historia del Perú, desde la escena de la Isla del Gallo,
pasando por la muerte de Atahualpa, la proeza de la lucha a sable limpio en
Junín y la gesta épica del Huáscar en Punta Angamos. No podía faltar
evocaciones de la Batalla de Ayacucho acerca de la cual había un cuadro de la
composición de los dos ejércitos con las divisiones emplazadas en el Cerro
Condorcunca y en la Pampa de la Quinua, otro de la arenga de Sucre y un gráfico
más acerca de la capitulación.
José Antonio de Sucre
2. Con tono
decidido
De
ese modo aprendí que luego de la victoria de las fuerzas patriotas en los
campos de Junín, el general José de Canterac huyó hacia el sur para acampar y
establecer su cuartel general en Chalhuanca en espera de refuerzos procedentes
del Cusco.
En
tanto Simón Bolívar avanzaba también hacia el sur por la misma ruta, para
después retirarse a Pativilca dejando al ejército al mando del general Antonio
José de Sucre, de apenas 29 años de edad, quien se encargaría de llevar
adelante la campaña de Ayacucho.
Los
sucesos, sin embargo, se habían complicado de tal modo que todo lo obtenido
hasta ese entonces parecía perderse y echarse a la ruina.
Fue
en esas circunstancias que don Joaquín Mosquera, ministro de Colombia, le
pregunta a Bolívar en Pativilca, casi sin poder contener las lágrimas,
esperando un cauteloso repliegue, dadas las altas deserciones en el ejército:
–
¿Qué piensa hacer usted ahora?
A
lo que Bolívar con tono decidido, le contesta:
–
¡Triunfar!
En la batalla se ha vencido
3. Unidos
todos
Mientras,
el ejército patriota proseguía su marcha desde el río Apurímac, el Virrey La
Serna hacía lo propio avanzando desde el Cusco.
Entre
fines de noviembre y principios de diciembre, ambos ejércitos se avistaron y
marcharon paralelamente por cumbres y bajíos.
En
ese trance se produjeron algunas escaramuzas que ocasionaran fuertes bajas en el
ejército patriota en la quebrada de Colpahuayco.
Posteriormente
ambos ejércitos continuaron su marcha hacia Huamanga, preparándose para el
momento del ataque decisivo.
Sucre
acampó en la Pampa de la Quinua y La Serna se apoderó de las alturas del Cerro
Condorcunca.
¿Quiénes
conformaban esos ejércitos? De parte de los nuestros jóvenes de apenas 18, 19 y
20 años, pero ya paladines de cien batallas, hombres de fábula que encarnaban
un sueño colectivo en donde estábamos unidos todos los países de nuestra
América morena.
General Agustín Gamarra
4. Nacido
en el
Cusco
Los
días previos a la batalla los realistas dispusieron su ejército de modo que la
División de Jerónimo Valdés quedaba ubicada a la derecha del cerro Condorcunca.
La
división de Juan Antonio Monet, al centro. Y la división de Alejandro
Villalobos a la izquierda.
En
verdad a ellos les correspondían todas las ventajas. La artillería de once
piezas de las fuerzas imperiales fue emplazada en la cumbre del cerro
Condorcunca.
En
cambio, las fuerzas patriotas fueron dispuestas de manera que frente a Valdez
estuviera la División de José de La Mar. Al centro contábamos con la División
de Jacinto Lara. Y la División de José María Córdoba tomó posiciones frente de
las columnas de Alejandro Villalobos.
La
caballería iba a la retaguardia de la División Lara y quedaba a órdenes del
Mariscal Guillermo Miller.
Como
jefe del Estado Mayor actuaba el general peruano, nacido en el Cusco, don
Agustín Gamarra.
General José María Córdoba
5. A las
diez
de la
mañana
Así,
desde el amanecer del día 9 de diciembre de 1824 los jefes de ambos bandos
pasaban revista a sus divisiones y arengaban a sus hombres, estando tan cerca
que se oían estos alegatos como los sones de tambores y clarines.
Es
importante mencionar que el ejército realista superaba en número y armamento al
ejército patriota, con 6.906 soldados a favor de España, y de solamente 5780 a
favor de la independencia de América.
Son
históricas las palabras de Sucre despertando en sus soldados el espíritu patriótico
y el anhelo de la victoria final:
“¡Soldados!
De los esfuerzos de hoy depende la suerte de América del Sur. Otro día de
gloria va a coronar vuestra admirable constancia. ¡Soldados! ¡Viva la libertad!
A las diez de la mañana se rompieron los fuegos de manera simultánea y contundente de parte de todas las divisiones españolas, haciendo retroceder ineludiblemente a los patriotas quienes combatían de abajo hacia arriba.
Monumento en la Pampa de la Quinua en Ayacucho
6. La
caballería
patriota
Los
españoles, que ocupaban la parte alta del cerro bajaron velozmente y
arremetieron frontalmente con sus columnas.
Pero
la División Córdova tomó la iniciativa del avance con su arenga:
–
¡Armas a discreción!
Y después gritó como en un aullido:
–
¡Paso de vencedores!
Su
convicción en la arremetida hizo que se desorganizaran los realistas, logrando
capturar en su acometida hasta la mitad del cerro Condorcunca, operación que
fue decisiva.
De
otro lado, la División La Mar, que soportaba el duro ataque de la División Valdez,
pero auxiliado por Lara, logró poco a poco doblegarla.
Al
mismo tiempo, la división Monet había sido detenida por la caballería patriota
y la lucha cuerpo a cuerpo fue encarnizada.
Capitulación de Ayacucho
7. El
duro
camino
A
mediodía la resistencia española iba agonizando lentamente.
Era
la una de la tarde y ya el combate había llegado a su fin, sellándose en la
historia la más gloriosa victoria de las fuerzas que definían la libertad del
Perú y de América.
Producto
del furor de la contienda quedaban regados en el campo de batalla 370 muertos y
609 heridos de las fuerzas patriotas, frente a 1,800 muertos y 700 heridos y hechos
prisioneros como bajas de parte de las fuerzas realistas.
Terminada
la batalla, en esa misma tarde del 9 de diciembre, se firmó la Capitulación de
Ayacucho suscrita por José Antonio de Sucre, en nombre de los patriotas, y por José
de Canterac en representación de la corona española.
En
este documento se establece que todo el territorio bajo custodia española sería
entregado al ejército libertador.
De
este modo la dominación del viejo mundo europeo había llegado a su fin, y con
ello terminados los largos siglos de coloniaje. Y se iniciaba el duro camino de
nuestra plena libertad.
Los textos anteriores pueden ser
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